
Cuatro años antes de este viaje visité por primera vez Marruecos. Esa vez fue con mi amigo Óscar; compramos un Renault 4 latas para recorrer el país y hacer un diario gastronómico. Al regresar, supe que quería volver a recorrer esas carreteras pero sin ninguna duda, en moto.
Así que al volver se lo comenté a mi amigo Fernando y le pareció un buen plan de viaje. Más tarde se apuntó David y por último Keko. La idea era partir de Madrid y llegar hasta las dunas de Merzouga; en total serían unos 3.200km de los cuales dos tercios serian por carretera secundaria. El que ha recorrido estos caminos sabe que es una auténtica experiencia.

La noche antes de salir apenas pude dormir. Pase tanto tiempo planificando y fantaseando sobre el viaje con David que estaba ansioso por cargar la moto y salir . El primer día de ruta era el que menos nos apetecía ya que suponía llegar hasta San Pedro de Alcántara (Málaga) por autovía para pasar la noche antes de partir hacia Algeciras y cruzar el estrecho. A pesar de eso, se nos hizo corto y era una buena preparación para los días que vendrían. Al llegar allí nos vimos con amigos, comimos y bebimos más de lo necesario sabiendo que cuando nos bajásemos del ferri la verdadera aventura seria encontrar una cerveza fría.
Al día siguiente nos levantamos a las 5 de la mañana para coger el primer ferri desde Algeciras que nos llevaría a la nueva estación marítima de Tánger. Las siguientes horas pasaron sin más; vistas bonitas desde el barco, café malo, tramites aduaneros eternos.
La idea una vez en Marruecos era llegar hasta Safi, un pequeño pueblo costero a 580 km de Tánger donde dormiríamos en la playa. Cuando planifique el viaje fui demasiado ambicioso a la hora de calcular las distancias. Tenía demasiadas ganas de llegar al Sur, y los tiempos que te marca Google en Marruecos son mucho mayores en el terreno. Tampoco tuve en cuenta los imprevistos que con una ruta muy ajustada pueden mandar todo el plan al garete.
Y así fue; a los 150 kilómetros dirección sur todo eran risas y caras de felicidad hasta que Keko vio que la rueda trasera de la moto de David empezaba a descomponerse porque se le estaban rompiendo los radios. Paramos en Larache y nos quedamos atónitos pensando que el viaje para David había terminado. Pasamos un rato en una gasolinera pensado que hacer y como solucionarlo de la mejor manera. Apareció un chico nos pregunto que pasaba y nos hablo de su amigo mecánico que era el mejor de la zona. Nos movimos hasta un taller de pueblo lleno de scooters, aceite, partes de moto por todas partes y te verde. No teníamos muchas más opciones así que le contaron el problema y dijo que iba a intentar solucionarlo.


A partir de ese momento pasamos la tarde entera elucubrando sobre lo que quería hacer viendo como le traían llantas de otras motos. Mientras, se iba acercando cada vez más gente para ver el espectáculo. Nosotros comíamos plátanos desde el otro lado de la acera.
Cuando David por fin probó la moto, La rueda parecía mejor que cuando salimos. No sabíamos como agradecerle al mecánico lo que había hecho por nosotros, podíamos seguir el viaje sin dejar a nadie por el camino.
Al salir del taller ya era de noche así que buscamos una playa y acampamos allí.
Todo había cambiado, la ruta que habíamos marcado era casi imposible de realizar y teníamos que adaptar los kilómetros a la nueva realidad.
Al día siguiente todo fue bien. Nos levantamos, tomamos café, recogimos el campamento y salimos dirección sur. Habíamos decidido pasar Casa Blanca y dormir en el primer pueblo que encontrásemos.
Dormimos en Berrechid, un pueblo bastante grande pasado Casa Blanca. Encontramos un hotel barato donde dormimos en una cama cómoda y nos tomamos un buen desayuno marroquí antes de salir.
El siguiente objetivo era llegar a Marrakech y cruzar el Atlas. La verdad que atravesar una ciudad grande de Marruecos en moto o coche siempre es una experiencia. Todo es caótico y tienes que entrar en la misma dinámica que el tráfico marroquí.

En una de las muchas aldeas pegadas a la carretera en el puerto de montaña que atraviesa el Atlas, paramos a hacer unas fotos y descansar un poco. Allí Keko se dio cuenta que tenia partido uno de los anclajes que pegan los escapes a la moto. A unos veinte metros había un chico con una maquina de soldadura y Keko le conto el problema y lo que necesitaba. El tipo se puso unas gafas RayBan aviator falsas y le soldó el escape a la perfección. Creo que ahí todos nos dimos cuenta de que nada haría que uno de nosotros abandonase el viaje y que todo iba a ir bien. Esa noche la pasamos en un hotel de un de las aldeas que atravesamos.
El problema con la moto de David nos había robado un día así que nuestra idea de llagar hasta las duna de Merzouga era imposible. Teníamos que cambiar la ruta al llegar a Ouarzaza. Desde allí salen dos carreteras que van en paralelo. Para llegar a Merzouga teníamos que haber cogido la que va más al sur así que cogimos la del norte. La red de carreteras de Marruecos no es muy amplia y una vez que atraviesas el Atlas si quieres volver al norte o como en nuestro caso llegar a Fez la única opción es coger esa carretera en dirección Er-Rachidia.
Ese día lo pasamos entero en la moto. Apenas paramos. Sólo carretera y moto. Todos lo recordamos como uno de los mejores. Las carreteras son increíbles rodeadas de paisajes desérticos y con poco trafico. Parecía que todos íbamos inmersos en nuestros propios pensamientos, con el sonido del motor y el aire metido en la cabeza. A pesar del cansancio acumulado nos dejábamos llevar sin parar por las eternas rectas que unen Ouarzaza y Er-Rachidia.






Paramos justo al cruzar la ciudad e hicimos un pequeño campamento cerca de una presa. Montamos las tiendas, hicimos fuego y pasamos un rato comentando el día antes de acostarnos.
Al día siguiente al levantarnos nadie pensaba lo largo que seria el día y la cantidad de horas en moto y cansancio que tendríamos al acabarlo. Nuestra idea era llegar hasta Fez. A las 10 de la mañana ya habíamos recogido el campamento y estábamos saliendo dirección Norte. Queríamos atravesar un bosque de cedros increíble donde viven monos salvajes . Cuando pasábamos el ecuador de la jornada subiendo un puerto de montaña comenzó a llover. Tenía pinta de que no iba a parar en las próximas horas, miramos la previsión y efectivamente estaría lloviendo torrencialmente las próximas 24h. Empapados, paramos en un pueblo para comer. Sólo nos faltaban 80 km para llegar a Fez, pero en esas condiciones y con los equipos de agua que llevábamos (en algún caso una bolsa de plástico).



A Keko se le ocurrió intentar convencer a algún marroquí para que nos acercase con unas de sus furgonetas destartaladas hasta Fez con las motos dentro. Así fue como conocimos a Mohamed el Saharaui que nos llevo a nuestro destino entre risas y canciones. Nos intercambiamos los teléfonos nos abrazamos y le dimos 100€ que le hicieron el hombre mas feliz.
Al día siguiente nos pasamos por la Medina de Fez para ver la fábrica de cuero y que Fernando comprase materia prima para hacer una chaqueta inspirada en el viaje. Después de pasar la mañana regateando y haciendo un poco de turismo cogimos las motos y condujimos evitando la tormenta hasta que llegamos de nuevo a Tánger para coger el último Ferri que nos llevaría de vuelta a España. Estábamos destrozados. Llegamos a la casa de mi amigo Oscar a las 4 de la mañana después de un día de moto y más moto y peleas con los que nos vendieron los tickets del ferri.
El último día solo quedábamos Fernando y yo. A David se le habían vuelto a romper algunos radios entrando en España y Keko se quedó con su tío en Marruecos para visitar Chefchaouen. Así que evitando la lluvia iniciamos el camino hacia Madrid.



Es difícil explicar un viaje así. Las sensaciones que se despiertan al ver a tus amigos por el retrovisor después de un día agotador o despertarte al día siguiente pensado que lo único que quieres hacer es cogerte la moto y seguir. A pesar de todos los inconvenientes, no me quito la idea de llegar hasta la duna del desierto. Sé que volveré y que la próxima vez acamparemos allí.
