GIPSY RUN
TEXTO: RAMÓN GONZÁLEZ
FOTOS: DANIEL ALEA
Desde que terminé el proyecto de mi Chopper me he sentido en la obligación moral de hacer un viaje largo, cumpliendo con todos los clichés que el cine americano de los 80 y el YouTube del siglo XXI nos ha inoculado a todos en el hipotálamo. Carreteras largas, postura relativamente confortable y un equipaje precariamente asegurado con unas cinchas y pulpos.Había dado alguna vuelta larga con el petate medio vacío o con mantas de relleno simplemente por sentirme más cerca de esa experiencia. O el viaje al Gas and Dust de este año, un viaje solo de ida, una experiencia solo a medias. Así que cuando Jose Shovel me llamó para decirme lo que estaba tramando no pude decirle que no.
Jose, es uno de los organizadores del Old And Proud en Calafell, y desde hace unos pocos años una de las pocas personas a las que me atrevería a llamar AMIGO en este mundillo tan superficial en cuanto a relaciones, tan de saludar por compromiso: “Venga luego nos vemos!!!”, Jose es una de esas personas con las que quieres estar de verdad, porque es honesto y directo, porque a pesar de venir de otro sitio completamente diferente a mí, pensamos igual en lo básico, en lo humano y todo lo demás no importa…

Me llamó para contarme que había contactado con Jeremiah Armenta de Love Cycles, que le había invitado a venir y a traer su Chopper, y que junto a Ken Naghara y Neil Zarama que ya estaban invitados por Santi y Nuria pensaba hacer un run de tres días por Levante y Teruel.
La Chopper de Jeremiah es un Panhead con una horquilla probablemente +10” wide glyde, un depósito de Hummer sacado de la moto de su hijo y un manillar 6 bends, un combo perfecto. De pronto, solo podía imaginarme rodando al lado de ese artefacto tan genuino y real en el amplio sentido de la palabra.
No soy nada mitómano y no creo en ídolos, de echo, intento sospechar de las “estrellas” y no nos engañemos, Jeremiah es uno de los máximos exponentes de este nicho de chopper clásico californiano del nuevo milenio. Fue uno de los primeros referentes para mí junto a Max Schaaf allá por el 2012, cuando Dice Magazine sacó el DVD ¨6over¨ en el que Jeremiah montaba una Chopper probablemente con el mismo motor Panhead y un depósito con una pintura sacada de una ilustración de David Mann. No sé la cantidad de veces que he visto ese vídeo, de verdad que no creo que pudiese calcularlo, aún lo tengo en el ordenador y me lo veo de vez en cuando en viajes de trabajo y otros ratos muertos, ahora con una perspectiva más consciente, eso sí.
El plan era el siguiente, salir de Talavera Gorri y yo por la mañana, enganchar con Dani y Kanepa pasando Toledo(ellos salían desde Madrid) y tirar hasta Lliria donde vive Jose con su familia, en el amplio sentido de la palabra como más tarde entenderéis.
Allí nos reuniríamos con Santi y Nuri que venían con Ken, Neil y su colega Chris. Anthony de Unicorn Cycles y Barthelemy (Skuddesign), y parte de la Crew del Old And Proud. Es posible que me olvide de alguien pero es que fue un baño de masas aderezado con cerveza y unas mollejas a la parrilla increíbles de mano de Mariano, buen argentino pero mejor mecánico. Según íbamos llegando y descargábamos los equipajes algunos pasábamos por el Boxes de Jose para ir reparando las pequeñas averías que habían surgido en el viaje. Yo de momento tenía una fuga de gasolina en el depósito y algunos problemas con el tambor de freno, nada nuevo. Ya tuvimos que hacer una parada a menos de 50kms de la salida para intentar sellar la grieta con Nural, pero como es lógico esas soluciones con prisa y material de gasolinera no suelen durar mucho.
La verdad es que no tengo mucho recuerdo de esa primera jornada en carretera, más allá de querer llegar cuanto antes para ver a todo el mundo y quedarme sin gasolina en mitad de la autovía, por eso siempre hay que llevar un deposito extra.



Esa noche empezó fuerte. Dormimos poco, nos repartimos entre sofás y suelo y al día siguiente nos íbamos reuniendo alrededor del garaje como cuando los muertos vivientes de una película intentan entrar a una gasolinera para comerse a la pareja protagonista. Arrastrando los pies y espetando onomatopeyas ininteligibles mientras se palpaban los riñones.
Tomamos un café rápido y cargamos bultos mientras esperábamos a Rafa y Jorge de Break Skull. Jose revisaba platinos y yo frenos como última oportunidad para proteger nuestros puntos flacos. Es importante anticiparte a lo que pueda pasar cuando llevas una Chopper así. Revisar bien y cargar la herramienta necesaria general y concreta, porque no nos engañemos, normalmente las averías en estas motos suelen ser reiterativas. A veces durante el proceso de construcción o incluso al usarla aparecen problemas que se arreglan de forma precaria en carretera o con prisa en el taller porque te está esperando todo el mundo para salir. Esas averías acaban apareciendo de nuevo, te persiguen como el fantasma con sábana que arrastra una bola, y aunque no lo veas sabes que está ahí y que está esperando detrás de una esquina para darte un susto.





Empieza la diáspora y poco a poco van arrancando motos y saliendo a la calle mientras abandonamos la casa como si hubiesen pasado una horda de Hunos, con los restos de la cena aún visibles y el olor a humo de las ascuas aún incandescentes. No matamos a ningún caballo, eso sí.
Yo termino de atar el equipaje y empiezo a dar patadas al arranque. De momento se resiste, como no. Todo el mundo fuera y yo sudando desde el minuto uno. Empieza fuerte la cosa.
Sigo dando patadas mientras los demás van saliendo a la gasolinera. Creo que el carburador se ha ensuciado al montar y desmontar el depósito de gasolina, así que metemos un jeringuillazo directo al carburador, ponemos el filtro y arrancamos por fin.
Un primer tramo no muy interesante, aun demasiado civilizado, en el que se empieza a establecer el orden de grupo, cada uno busca su lugar, a sus compañeros de aventura y se establece un ritmo de avance bastante cómodo para todos, porque aquí hay de todo, un Knuckle, un par de Panheads, 4 Shovels y motos mas modernas, desde sportsters de los 90 hasta unas motos nuevas cedidas por Harley a los guiris que venían sin moto. Esto es algo de lo que más agradezco a Jose a la hora de organizar esto. No es una secta, y sobretodo, no es lo que tienes(que eso lo paga el dinero), es lo que eres.

A los pocos kms de la casa de Jose tenemos un primer susto, Jorge nos adelanta a los que íbamos en cabeza y nos hace parar en la siguiente salida. El Knuckle de Barthelemy ha empezado a echar humo y se ha parado en la cuneta. Tras unos 20 minutos de incógnita total y puestos en lo peor, aparecen a lo lejos con buenas noticias, ha sido un corto en el encendido, nada de junta de culata como decían las malas lenguas. Hicimos la primera parada planeada a unos 80kms para hacer un almuerzo y ya tirar hasta Alcañiz, adonde nos dirigíamos. Esa noche cenábamos y nos aprovecharíamos de la hospitalidad del HDC Aragón que nos dejaba acampar en su clubhouse.

Arrancamos de nuevo y a mí me sigue costando la hostia arrancar la moto, me va a dar el puto viaje, ya lo veo venir… No obstante, no soy el único. Jose tiene problemillas con el sistema de carga de la moto, parece que no carga bien la batería y eso afecta al funcionamiento del encendido. Pero bueno, vamos tirando como se puede.
El paso de Valencia a Teruel se hace interesante, empiezan las zonas de monte y los pequeños puertos que ponen a prueba los frenos y la movilidad de las motos más largas. Nos encontramos subiendo una carretera que nos lleva a lo alto de un valle y de pronto ante nuestros ojos, el vacío. Una carretera imposible, digna del puto Machupichu. Una pista sinuosa que bajada desde el mirador de Losilla hasta Puebla de San Miguel. Una serpenteante sucesión de 8 horquillas a 180 grados que parecía hacerse interminable. Al intuirse el descenso, Jeremiah que iba de los primeros, nos cedió el paso a todos para quedarse a la cola y poder gestionar la carretera sin presión. La horquilla larga, el six bends y la ausencia de freno delantero son enemigos naturales de estas carreteras. Probablemente ese Chopper construido para las infinitas carreteras de Arizona sintió algo de ansiedad en ese trayecto. A mí tampoco me resultó nada fácil gestionar esa bajada apenas sin frenos y con el handicap de llevar motos modernas delante, con sus frenos de disco y sus luces de freno, una feria que me despistaba a la hora de prever cambios de marcha para evitar sobrecalentar freno.


Una vez abajo nos recompusimos como grupo y era gracioso ver como todos bufábamos como caballos al quitarnos el casco. Había sido un trabajo duro, casi una pequeña tortura. Una carretera increíble para disfrutar con una pit bike o alguna supermotard, pero demasiado para estos cacharros. Justo cuando nos íbamos Jose me confesó que no quería ir por ahí y que nos habíamos equivocado de carretera..





Seguimos hasta Puebla de San Miguel donde nos paramos a plantear el resto de ruta mientras los guiris se hacían fotos delante de las ruinas de una casa vieja. Es increíble lo impresionable que se vuelve el ser humano cuando esta fuera de su entorno. Supongo que ellos pensarán lo mismo cuando vamos a california y nos hacemos fotos en la fachada de un restaurante de los 50´s. El caso es que a partir de ahí salíamos de zona montañosa y entrábamos en carreteras secundarias mas rápidas y disfrutables.

Es curioso como cambian los paisajes yendo en moto y con un casco abierto. Justo en este viaje no pude evitar recordar como describe esas sensaciones Robert M. Pirsig en su obra cumbre “Zen and the art of motorcycle maintenance”. Cómo transmutan las sensaciones con los paisajes. Pasas del calor tórrido en zonas áridas al frescor revitalizante al pasar por una zona húmeda, el olor de las zonas de pasto, incluso de las granjas. En definitiva, viajar en moto es una experiencia mucho más compleja, llena de matices y que te genera unos recuerdos mucho más concretos. Te haces uno con el paisaje porque no hay un aire acondicionado ni un ambientador de vainilla de macadamia que te distraiga de lo que estás viviendo. Eso tampoco pasa viajando por autovía, donde solo te preocupas por llegar cuanto antes y por sobrevivir a los camiones y a los SUV de alta gama. Siempre secundarias. Siempre.
Seguimos recorriendo carreteras provinciales y poco a poco nos fuimos separando. Alguno tenía que parar por alguna razón y un grupo tiraba mientras otro se quedaba asistiendo o simplemente acompañando, así que en un momento estábamos solos Rafa, Jorge, los franceses y el comando Talavera/Madrid. Como no habíamos hablado de ningún punto de reunión, continuamos hasta Teruel donde se suponía que todos echaríamos gasolina.

Allí nos encontramos en una gasolinera al azar(casualmente siempre funciona) con el otro grupo, que ya estaban sentados en unas sillas de plástico comiéndose unos helados a la sombra, destellos de calidad de vida en carretera. Hicimos un rato tiempo a que viniese Jeremiah que se había desviado a comer en un MacDonalds. A veces está bien buscar un punto gastronómico seguro cuando estás fuera de casa. Aunque sea comida basura.
Fue gracioso ver esa atracción de feria acercarse por esos parajes, y aunque llevábamos juntos todo el viaje, esa perspectiva era nueva para mí. Ese chopper era demasiado auténtico como para ser real.
Aún teníamos un par de paradas antes de llegar a Alcañiz. Jose cada vez tenía más problemas y el día empezaba a extinguirse, así que una vez que conseguimos arrancar todos, tiramos con cada vez más urgencia y menos abiertos a las sensaciones que te ofrece el entorno.





Con la amenaza de la noche cada vez más cerca y el calor del día dando paso al frío del ocaso, a apenas 15 kms del punto de llegada y con los últimos rayos del sol, puf! Se me va la corriente en la moto, noto que pierde la combustión y no tengo luces. Aprieto el embrague y me dejo llevar hasta el arcén. Soy el último del grupo así que nadie se ha dado cuenta de que me he quedado ahí. Doy por echo que el faro delantero ha hecho corto y me ha jodido el fusible. Como decía al principio, es importante saber que el fantasma de la sábana y la bola están a la vuelta de la esquina, así que siempre llevo fusibles en el bolsillo de todos los pantalones. Quito el asiento, cambio fusible, abro el faro y desconecto para evitar más cortos. Eso sí, estoy jodido, es de noche y estoy sin luces. Por suerte aparece un grupo de rezagados, los dos franceses y creo que Jorge y Rafa, que me escoltaron hasta el clubhouse. Mañana habrá que revisar eso de los cortos.
Al llegar al club nos reciben con unas cervezas en la mano. Ya habían llegado todos y además estaban por ahí Jordi, Dennis y Santa, que bajaron desde Barcelona para rodar juntos al día siguiente. Cerveza, comida, café, chupitos y dados. Ken había traído su arma de destrucción masiva. Neil nos contaba que siempre que se pone un poco ciego saca los cinco dados que lleva en el bolsillo y reta a los que le rodean. ¿Quién no se va a jugar un eurito a los dados con un tío tan majo?
Poco a poco la gente se va acercando y el tono se va calentando. Risas, voces, la apuesta sube y la cosa se descontrola. No quiero imaginarme cómo será este mismo ritual en un swap meet en California. Neil decía que alguno se iba para casa con algunos miles menos, pero creo que eso aquí no va a pasar.




Es bastante alucinante rodar con una persona a la que has visto una y mil veces a través de la pantalla, como una especie de personaje de ficción que parece que en realidad no existe. Nunca te esperas que vas a compartir esos momentos con alguien que vive al otro lado del charco y que se codea con famosos. De golpe, no solo estás rodando junto a él sino que te está enseñando las fotos de su familia y sus gallinas mientras te dice lo agradecido que está de estar aquí. Eso ha sido lo que más me ha sorprendido de los yankis. Yo suponía que eran gente normal, tipos con su trabajo a los que les gustan las motos y ya, pero siempre cabe la posibilidad de que sean unos putos flipados que creen que estar por encima de unos españolitos con sus humildes choppers.
Nada más lejos de eso, los tres fueron parte de la familia desde el primer momento, sin parar de exteriorizar su agradecimiento hasta hartarse, creo que abrumados por la hospitalidad y la espontaneidad y naturalidad que les rodeaba.
Esa noche dormimos todos repartidos por el suelo fuera y dentro del club. Había una temperatura perfecta así que dentro de la incomodidad y los ruidos nocturnos pudimos descansar, unos más que otros.
A la mañana siguiente nos arremolinábamos al rededor de la máquina de café, esperando a que quedase libre para poder ingerir algo que ayudase a sobrellevar la carencia de descanso. Poco a poco todos estábamos más o menos operativos, plegando sacos y esterillas y empaquetando el equipaje otra vez más.
Mientras revisaba el tema de mis fusibles fundidos, Dennis me decía que junto con Jordi, Jeremiah y los franceses, iban a rodar hasta Belchite. La verdad es que me tentaba bastante el plan, pero prefería seguir con el grupo por si al día siguiente podía echar una mano a la organización del evento.
Así que esa mañana el grupo se vió drásticamente reducido. Además Rafa y Jorge volvían a Valencia, y Santi y Nuria se iban a Montgat por la vía rápida.
Solo quedábamos Jose y Mario, Ken y Neil, Santa, Dani, Gorri y yo.


Salimos dirección Calafell y la moto de Jose cada vez daba más problemas. No eran muchos kms, menos de 300, así que no debería ser un problema. Pero ya llevaba cambiando la batería con Mario desde el día anterior. Era la única manera de poder continuar al no funcionar el sistema de carga, pero cada vez duraban menos las baterías y las paradas eran más frecuentes. También no sé si por el hecho de tener poca batería, la moto no hacía buena combustión, así que Jose no paraba de cambiar bujías porque se comunicaban con la carbonilla y la gasolina no quemada en el cilindro.




Conseguimos llegar a un pueblo para comer después de cruzar un pequeño puerto bastante entretenido, buen asfalto, buena temperatura y un elevado número de camiones.
Estábamos a algo más de dos horas y era mediodía, muy mal se tenía que dar la cosa para no llegar a media tarde, pero nunca subestimes a las averías mecánicas.
Salimos de comer y la moto de Jose volvía a fallar. Paramos a los 300 metros, cambio de bujía. Paramos a los 500 otra vez. Jose revisa el encendido y los contrapesos están jodidos. Cada vez son más factores los que se interponen en nuestro éxito.
Por casualidad Mario tenía un recambio de contrapesos así que los cambiamos, arrancamos y salimos a carretera. Todos menos uno. La Low Rider que Harley le había dejado a Neil no arranca. Sin batería. Jodidamente increíble. El único vehículo del que nunca habíamos dudado era el que ahora nos tenía parados una vez más. Lo único a lo que aferrarse ya no servía de nada…





Esto además es algo que se nos escapaba de control. Ninguno tenía ni idea de motos modernas y no éramos capaces ni de averiguar donde coño se podía enganchar un arrancador o unas pinzas, además era una moto cedida de concesionario y no era plan generar destrozos, así que después de muchas vueltas decidimos gestionar seguro y grúa. En estos dos días habíamos tenido infinidad de pequeñas averías en nuestras motos viejas, y todo había salido adelante de mejor o peor manera. Pero ahí estábamos, vencidos por las promesas de confort y displays led.
Después de una cadena de desastrosas llamadas a Harley para conseguir el número de póliza, al seguro, que mandó no una sino dos grúas a sitios equivocados. Parece que nos mandan una grúa que tardará aproximadamente una hora. Como Mario, Jose y yo íbamos sin luces por diferentes motivos y se estaba empezando a hacer tarde, decidimos ir tirando junto a Gorri. Santa se había ido un rato antes, durante las dos horas que estuvimos parados intentando solucionar lo del seguro, así que allí se quedaban Dani, Ken y Neil.

Aún teníamos algo menos de dos horas por delante. Dos horas que se hacían interminables. Cambios de bujías. Gasolina. Parábamos cada 30kms y el día se hacía cada vez más oscuro.
Cuando quedaban algo menos de 100 kms hicimos la última parada para llenar el depósito y tirar lo más rápido posible. Al salir de la gasolinera me adelanté yo. A veces me gusta acelerar la moto durante unos kms para ver que tal responde y para sentir el motor a pleno rendimiento. Creo que me he pasado de rosca porque he perdido a los demás. No tengo batería así que espero no haberla liado.
Reduzco velocidad mientras espero a ver si aparecen por el horizonte, pero no veo nada y ha pasado ya más que tiempo suficiente como para que aparezcan. Así que continúo hasta una rotonda, doy la vuelta y no puedo evitar empezar a valorar cómo gestiono la situación. Probablemente han cogido un desvío y no me he dado cuenta. Tendré que buscar un bar donde me dejen cargar el móvil o intentar llegar a Calafell preguntando como antaño.
Subo una loma y al bajar, ahí están prácticamente donde les dejé con mi acelerón. No me lo puedo creer. Otra vez batería y parece que es la definitiva. Hacemos el cambio y la moto de Mario ya ni arranca, batería muerta. Jose extenuado de luchar contra su propia moto nos dice que nos vayamos, que monte Mario la batería buena y sigamos para Calafell, que ya no tiene sentido y que va a llamar a la grúa.
Así que sin darle muchas más vueltas y con el sol esfumándose detrás de las montañas, salimos rápido dirección Calafell. En esta última parada y mientras hacían el cambio de baterías había conseguido solucionar de manera absolutamente cutre e improvisada en el último momento mi problema con el faro delantero. No me hacía ni puta gracia meterme en autovía sin luz, y no es que mi faro sea el que más alumbra, pero al menos es un apoyo psicológico.
Por fin en la autovía a menos de una hora del punto de llegada. Mario va delante, yo en medio y Gorri detrás. Mantenemos el ritmo durante un buen rato, pero conforme se apaga el día intuyo que Gorri se apaga también. Cada vez le veo más lejos y me imagino que es síntoma de agotamiento y desesperación.
No quiero perder a Mario porque es el que sabe llegar, pero no puedo dejar atrás a Gorri, así que reduzco intentando mantener la distancia entre los dos. Cada vez las luces son más tenues. Gorri tiene batería y yo no, en caso de perderme estoy jodido, y nos estamos acercando a Tarragona, donde el tráfico se complica en los accesos, la gente sale de trabajar o viene de hacer la compra en el centro comercial de camino a casa.
Ya hay coches entre nosotros, las luces aparecen y desaparecen, y voy con gafas de sol aún. Necesito quitármelas pero no quiero perder a ninguno de vista, aunque a Mario ya no le veo. Iba un par de coches por delante pero se ha esfumado. Adiós al guía.
Miro hacia atrás y Gorri tampoco está. Joder, estoy solo, medio ciego y sin móvil, algo para lo que nadie está preparado en el siglo XXI.
Reduzco la velocidad por debajo de lo aceptable en una circunvalación, con la esperanza de que aparezca alguno, pero nada, y ya han pasado bastantes desvíos como para que no hayan abandonado la vía en alguno de ellos.
Otra vez empiezo a valorar las posibilidades que tengo para llegar por mi cuenta y no os voy a engañar, me asustaba y me atraía a partes iguales. No soy una persona demasiado aventurera, pero si la aventura me encuentra, ¿quién soy yo para decir que no?
De pronto, mientras daba vueltas al asunto aparece una moto que se pone en paralelo. Es Gorri y me dice por señas que salgamos, que necesita parar.
Creo que le conozco lo suficiente para saber que está agobiado y agotado, que ha experimentado lo mismo que yo pero elevado a la enésima ansiedad, así que salimos en la salida más próxima porque yo también necesitaba quitarme las putas gafas de sol y recuperar la visión.
Paramos en una rotonda y Gorri se baja de un salto mientras me dice que va a vomitar. Falsa alarma, es solo el agobio rebotando en la cabeza, un abracito y solucionado. Estamos al lado, joder. Salimos hace tres días y hemos hecho más de mil kms. Estamos a 10, es imposible no llegar. Recompuestos y con las gafas de noche. Revisamos la ruta con el último 2% de batería de Gorri. Intentamos memorizar los pueblos y vemos que hay un control de policía en la ruta. No estamos para buscar alternativas así que salimos para allá, a por todas, a llegar, se acabaron las paradas.
No es la primera vez que siento esa sensación de victoria epopéyica. La de haber salido ileso de una aventura de dimensiones bíblicas. La sensación al entrar a la carretera de la cantera fue la de sentirte en terreno conocido. Debe ser lo mismo que sintió Ulises a su vuelta a Ítaca. Ahora quedan atrás todas las amenazas, todas las incertidumbres, todas las dudas se disipan. Hemos llegado a casa.
Nos bajamos riendo de las motos y nos abrazamos como quien ha terminado una maratón y lo celebra con el que tiene más cerca aunque haya sido su rival. El alivio es absoluto y embriagador.
Allí nos espera Mario con una cerveza. Él también se había perdido y había llegado apenas cinco minutos antes sin luces y solo.
Pedimos un par de cervezas más y brindamos los tres. Solo queda esperar a que vengan a buscarnos y nos reunamos en la casa con todos los demás.
Este relato no pretende exagerar sino recomponer la mayor parte de pensamientos y sensaciones por las que pasé en este viaje iniciático al Old and Proud. Un viaje en el que me he sentido más acompañado y más solo que nunca. Un viaje de esos que no olvidarás jamás.
Muchas gracias de mi parte y creo que de la de todxs a Jose y a todxs los que han colaborado a que hayamos podido vivir esta experiencia. Puede que me esté dejando llevar demasiado por las emociones, pero que carajo? Para eso están…